miércoles 14 de abril de 2010

El Supremo convoca a la prensa

Vaya, así que ahora los jueces se dedican a convocar ruedas de prensa y a dar explicaciones a los medios de sus actos. Novedad alucinante esta. Podrían haber empezado hace tiempo. Estoy aún esperando que dieran explicaciones de por qué se permitió que el amigo, amiguísimo, del honorable presidente de la Comunidad Valenciana, pudiera sobreseer la causa contra éste. Eso sí, sin que la intimísima amistad que unía a ambos impidiera en ningún momento, por supuesto, que la decisión del juez fuese absolutamente imparcial. Del mismo modo que me consta, nos consta a todos, que la animadversión manifiesta del señor Varela hacia el juez Baltasar Garzón, no puede ni debe hacernos dudar de su total neutralidad a la hora de solicitar veinte años de inhabilitación para este. Veinte años, sí, ni más ni menos, vamos, para que les quede bien clarito a todos que ese diablo no vuelve a matar más moscas con el rabo. Por cierto, qué detalle curioso que inicialmente hubieran convocado tan solo a la prensa extranjera. Excepción esta prudentemente corregida horas más tarde. Sería para explicarles a los guiris lo que los periodistas nacionales ya conocen de primera mano desde 1939, a saber, que en este país la derecha hace lo que le da la gana, incluso cuando gobierna la izquierda. Eso a nosotros, claro, no tienen que explicárnoslo, lo hemos mamado desde pequeñitos. Pero a los británicos, estadounidenses, franceses y demás demócratas ignorantes que se creen que saben algo de nuestra justicia patria, a esos, desde luego, hay que darles una buena lección. Lo único realmente supremo de este alto tribunal es su estulticia.

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jueves 4 de marzo de 2010

La Fiesta Nacional

Me comentaba una vez un amigo extranjero que España debía ser, probablemente, el único país del mundo que mataba al animal que tenía como símbolo nacional. En Perú, el cóndor es un ave protegida, y protegido está el tigre en la India. En Australia hay tantos canguros que su alto número es ya casi un problema, pero siguen siendo intocables por ley. Y en China, pobre de aquel al que se le ocurra matar a un oso Panda. Los turistas llegan a esos países dispuestos a pagar dinero por ver a esos animales vivos, y desde luego en su hábitat natural, no en un zoo, ni en una reserva. Una industria turística fantástica se mueve alrededor de estos animales cuya existencia ha sido considerada por los ciudadanos de esos países como más provechosa que su muerte. Pero aquí somos diferentes, en eso como en todo, y nuestros visitantes vienen a España para ver cómo nos cargamos al animal que luego pintamos en todos los posters y camisetas que se llevan de recuerdo. Ese toro bravo que ven una y otra vez sobre las curvadas líneas de las colinas, al borde mismo de nuestras carreteras. Sí, es el toro de Osborne, Patrimonio Cultural Nacional, orgullosamete intocable y que representa al toro que nos cepillamos seis veces por día y plaza en nuestras fiestas nacionales. Todo eso me decía perplejo mi amigo extranjero mientras se compraba una entrada de sombra para ver con sus propios ojos, en la Plaza de Toros de Granada, lo bárbaros que somos los españoles. Y yo no pude evitar hacerle saber que ellos, guiris tan cultos y civilizados, tienen si cabe más culpa que nadie en la perpetuación de esta fiesta salvaje y tercermundista propia de la edad media y no del siglo veintiuno. Ellos, esas decenas de miles de turistas que acuden a la Plaza de las Ventas y a la Real Maestranza de Sevilla en tardes de toros para no marcharse a casa sin una foto que mostrarles a sus también civilizados vecinos y amigos. Y así es, al final resulta que hay fiesta porque hay gente sin escrúpulos que sigue pagando para que la haya, incluyendo a aquellos que la critican pero que pagan sólo para darse el gusto de decir yo estuve allí al menos una vez, aunque el precio de esa malsana curiosidad sea la vida de un toro, o mejor dicho de seis. Un toro que matará el torero porque, no lo olvidemos, el respetable le ha pagado para que lo haga. Y el respetable, ya se sabe, siempre tiene la razón.

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